Introducción

La industria del vestido o de la confección es una de las industrias de exportación más antiguas y más grandes del mundo. La mayoría de las naciones producen para el mercado textil y de la confección internacional, convirtiendo a esta industria en una de las más globales (Dickerson 1995). La industria del vestido es a menudo la industria de “arranque” para los países involucrados en una industrialización orientada a la exportación: desempeñó un papel protagónico en el crecimiento inicial de las exportaciones en el este de Asia. En muchos países en el mundo, el sector del vestido es el mayor empleador en el sector manufacturero, produciendo una amplia gama de ropa principalmente para los mercados industrializados.El sector de la confección ejemplifica el crecimiento en la manufactura mundial y muchos de los retos asociados con ella, incluyendo la producción flexible, las condiciones de los talleres donde se explota a los obreros, los salarios bajos y el aislamiento, la invisibilidad y la falta de poder que a menudo sufren los trabajadores en la economía informal, especialmente aquellos que trabajan en sus hogares.

Manufactura global

Hoy en día la globalización significa que la actividad económica no solamente tiene una dimensión internacional, sino que también es global en cuanto a su organización. El sector de la confección es emblemático del sistema de manufactura global: la producción está geográficamente dispersa por un número de lugares sin precedentes, entre países y dentro de ellos (Gereffi 19941999).

Desde la perspectiva de un país desarrollado, este sistema de producción está asociado con la externalización (outsourcing) ya que gran parte de la producción es trasladada de países desarrollados a países en desarrollo. Desde la perspectiva de un país en desarrollo, este sistema de producción está asociado con el reaprovisionamiento (re-sourcing), ya que la producción es trasladada tanto entre los países en desarrollo como dentro de ellos. Un traslado considerable se ha dado hacia China, que se ha convertido en la “fábrica mundial” en muchos sectores, incluida la industria del vestido. Otro traslado importante se ha producido hacia la periferia de Europa (Albania, Marruecos, Turquía) y de los Estados Unidos (México y Centroamérica), especialmente para la industria de moda de alta calidad, para cumplir con órdenes de entrega “justo a tiempo”.

El sistema manufacturero global también se distingue por el hecho de que la producción y el comercio global están controlados por relativamente pocas corporaciones: empresas manufactureras transnacionales y, especialmente en el sector del vestido, compradores extranjeros (grandes minoristas y comercializadoras de marcas reconocidas). La manufactura global actual ha sido fomentada tanto por empresas industriales como comerciales, que han establecido dos tipos distintos de redes económicas, denominadas cadenas mundiales de productos básicos “impulsadas por los productores” e “impulsadas por los compradores”, respectivamente (Gereffi 19941999).

  • Las cadenas de productos básicos impulsadas por los productores son aquellas en las que los fabricantes transnacionales desempeñan un papel central en la coordinación de las redes de producción. Ésta es una característica de las industrias intensivas en capital y altamente tecnológicas, como la industria automotriz, de aviación, de computadoras, de semiconductores y de maquinaria pesada.
  • Las cadenas de productos básicos impulsadas por los compradores son aquellas industrias en las que los grandes minoristas, comercializadoras y los fabricantes de productos de marca desempeñan una función crucial en la creación de redes de producción descentralizadas en diferentes países exportadores, localizados normalmente en el mundo en desarrollo. Este patrón de industrialización impulsada por el comercio se ha vuelto frecuente en las industrias de bienes de consumo, intensivas en mano de obra, como la industria del vestido, del calzado, de juguetes, de artesanías y de aparatos electrónicos. Redes escalonadas de contratistas que producen bienes terminados para compradores extranjeros. Grandes minoristas o comercializadoras que ordenan los productos proporcionan las especificaciones

El sistema de producción impulsado por los compradores en la industria del vestido se ve favorecido en gran medida por las nuevas tecnologías de la información que posibilitan a las compañías de manufactura transnacionales enviar diseños y demás especificaciones de producción alrededor del mundo con un solo clic. Las nuevas tecnologías permiten a los minoristas y a los comercializadores de productos de marca rastrear sus inventarios mediante códigos de barras y utilizar correos electrónicos y gráficas computacionales para colocar pedidos para el tipo y volumen preciso de los bienes que necesitan. Esto ha llevado a requisitos de entrega “justo a tiempo”. También ha habido cambios fundamentales en la estructura del sector minorista: particularmente, el surgimiento de cadenas masivas incluyendo gigantes establecimientos de minoristas de descuento (precios bajos, volúmenes grandes) tales como Walmart. Gracias a su tamaño y poder, y habiendo racionalizado sus operaciones para minimizar su inventario, los grandes minoristas pueden ejercer aún más presión sobre los manufactureros para que bajen los costos y produzcan y envíen la mercancía rápidamente (Bonacich 2000).

En resumen, la industria del vestido no es solamente prototípica de la manufactura global, sino especialmente de las cadenas globales de producción impulsadas por los compradores. La relativa facilidad para establecer empresas de ropa, sumada a la prevalencia del proteccionismo de los países desarrollados en este sector, ha llevado a una dispersión mundial sin precedentes de la producción y exportación en este sector.

Tipos de trabajadores de la industria del vestido

Dentro del cuadro general existen diferencias importantes entre los trabajadores, dependiendo de si son contratados por grandes fábricas como trabajadores permanentes o trabajadores temporales; si son contratados por unidades pequeñas; o si trabajan subcontratados desde su hogar. Desde luego también existen trabajadores de la industria del vestido independientes que trabajan para clientes o mercados locales. Para obtener más información y descripciones del estatus de las diferentes categorías de trabajadores de la industria del vestido, vea:

Trabajadores tercerizados

Si bien algunos trabajadores de la industria del vestido son empleados por fábricas o talleres, un gran porcentaje de los trabajadores de la industria textil y del vestido son trabajadores tercerizados: trabajadores subcontratados que realizan trabajo remunerado, normalmente a destajo, para empresas y/o negocios o sus intermediarios, en sus propios hogares (Carr, Chen y Tate 2000). La industria de confección de prendas de vestir y textil es la principal industria a domicilio en Tailandia (Laungaramsri 2005). Se estima que tanto en Asia como en América Latina entre el 20 y el 60% de la producción de prendas de vestir, especialmente de ropa para niños y mujeres, se produce a domicilio (Chen, Sebstad y O’Connell 1999). Las mujeres representan una importante mayoría de los trabajadores tercerizados que cortan y cosen prendas de vestir para el comercio mundial. La Oficina Internacional del Trabajo (OIT) divide a los trabajadores tercerizados en tres categorías (OIT 2000, citado por McCormick y Schmitz 2001):

  • Aquellos involucrados en industrias basadas en la artesanía, quienes son altamente calificados y viven normalmente en zonas rurales y son considerados trabajadores independientes porque ejercen autonomía sobre los materiales, el diseño y la producción de sus obras, e inclusive encuentran sus propios mercados. Algunos ejemplos incluyen a personas que tejen textiles en telares anuales en la India, personas que producen batik en Indonesia y que hacen ropa tradicional en América Latina.
  • Los trabajadores externos de la industria manufacturera también son calificados, pero son subcontratados y reciben la materia prima de un contratista principal o un intermediario. Estos trabajadores siguen instrucciones estrictas para producir una prenda de vestir completa que es comercializada por otras personas. Un ejemplo serían los kimonos más caros, que son producidos por mujeres en Japón.
  • Los trabajadores tercerizados industriales son los menos calificados y los que menos control tienen sobre su trabajo. Estos trabajadores tercerizados son normalmente remunerados a destajo por ensamblar ropa o partes de prendas de vestir a partir de piezas precortadas, o por realizar tareas especializadas como coser dobladillos o botones, hacer bordados a mano, e inspeccionar y empaquetar los productos.

En los últimos años, la tendencia hacia la globalización de la producción ha diluido los límites entre estas diferentes categorías de trabajadores tercerizados.

Tamaño y magnitud

En muchos países la industria del vestido es el sector de la industria manufacturera que más empleos ofrece. Sin embargo, puesto que un porcentaje importante de los trabajadores involucrados en la industria textil y del vestido trabaja en el sector informal, particularmente como trabajadores a domicilio, estos trabajadores tienden a ser invisibles. Esto quiere decir que rara vez figuran en las estadísticas nacionales (Chen, Sebstad y O’Connell 1999).

A finales de la década de 1990, aproximadamente 55 000 personas trabajaban en la industria textil y del vestido en Ahmedabad, India, una ciudad con una larga tradición como centro textil. Más de la mitad (55%) eran trabajadores a domicilio, mientras que el 16% trabajaba en pequeñas y grandes fábricas que empleaban principalmente a mujeres, y en talleres más pequeños que empleaban sobre todo a hombres. Otro 16% eran minoristas o mayoristas, mientras que un número pequeño eran dueños de fábricas y talleres, contratistas, proveedores y diseñadores.

En Tailandia, en 1999 las industrias textiles y del vestido constituían el segundo principal grupo de productos básicos de exportación con exportaciones de más de US$5,2 mil millones. Aproximadamente un millón de trabajadores laboraba en estas industrias como obreros industriales: aproximadamente un 20% en la producción textil y un 80% en la producción de prendas de vestir. Sin embargo, esta cifra no incluye a los trabajadores tercerizados (Lund y Nicholson 2003). La Oficina para la protección de los trabajadores tercerizados del Ministerio del Trabajo y de Bienestar de Tailandia estimó en 2005 que había más de 950 000 trabajadores tercerizados de los cuales tres cuartos (76% por ciento) eran mujeres.

Según el boletín de la Bangladesh Garment Makers and Exporters Association (BGMEA, por su sigla en inglés) la industria del vestido es el sector que trae las mayores ganancias a ese país por concepto de exportación. A finales de la década de 1990, esta industria daba empleo a un número estimado de 350 000 trabajadores en empleos formales y semiformales, constituyéndose en la cuarta fuente de empleo más importante (Bajaj 1999: 19). Se estima que las mujeres representan entre el 80 y 90% de estos trabajadores. Aunque no se disponen de estimados sobre el número de trabajadores a domicilio de la industria del vestido, la Bangladesh Home-Workers Assocation  (BHWA, por su sigla en inglés) cree que hay millones de trabajadores a domicilio en la industria del vestido, ya que familias enteras en zonas rurales se dedican al bordado tradicional (Bajaj 1999: 19).

Empleo femenino

En todo el mundo, los trabajadores de la industria del vestido son mayoritariamente mujeres, especialmente quienes se dedican a la costura básica de prendas de vestir para niños y mujeres. Más aún, la mayoría de los trabajadores tercerizados son mujeres. A menudo, la producción de prendas de vestir en el hogar es una de las pocas opciones disponibles para mujeres pobres con un bajo nivel de educación o capacitación, y que puede realizarse mientras las mujeres cuidan a los niños y realizan sus otras responsabilidades domésticas.

Las siguientes estadísticas se publicaron en Chen, Sebstad y O’Connell (1999):

  • Argentina: el 87% de los trabajadores tercerizados remunerados produciendo ropa calzado eran mujeres; el 88% de los trabajadores a domicilio independientes en las industrias de la ropa y del calzado eran mujeres (Marshall 1992)
  • República Federal de Alemania: el 87% de todos los trabajadores a domicilio eran mujeres (cifras de 1987, citadas en Prugl 1992)
  • Hong Kong: el 87% de todos los trabajadores a domicilio eran mujeres (cifras de 1986, citadas en Lui 1994)
  • Japón: el 93% de todos los trabajadores a domicilio eran mujeres (cifras de 1989, citadas en Prugl 1992)
  • México: en un estudio, el 92% de los trabajadores del bordado tercerizados eran mujeres (Cook y Binford 1990)
  • Filipinas: el 79% de los trabajadores a domicilio eran mujeres (cifras de 1993, citadas en la Oficina Nacional de Estadística 1996)

Si bien el sector del vestido es típicamente prototipo de una industria femenina, es importante matizar esta imagen estilizada. Para empezar, algunas de las tareas que requieren mayor calificación en el sector, como por ejemplo el corte, suelen ser hechas a menudo por hombres, como también la confección de prendas de vestir para hombres. En algunos países, también hay gran cantidad de hombres dedicados a la confección de prendas de vestir para mujeres y niños: esto es especialmente cierto en los países donde las tecnologías utilizadas en la industria han sido modernizadas.

A medida que la competencia en la industria ha aumentado, las empresas se han diversificado en diferentes tipos de productos que son más rentables. Estos exigen con frecuencia habilidades técnicas superiores. Donde ha sucedido esto, las mujeres han sido desplazadas de la fabricación de prendas de vestir por hombres quienes tienen mayores oportunidades para aprender las habilidades necesarias (Carr et al. 2000). En Malasia, por ejemplo, el porcentaje de las mujeres empleadas en zonas francas de exportación ha disminuido de 75% en 1980 a 54% en 1990.

En segundo lugar, las fábricas de exportación suelen contratar a mujeres jóvenes antes de que se casen o se embaracen y despedirlas cuando lo hacen. En tercer lugar, cabe señalar que muchos obreros industriales de la industria del vestir son inmigrantes o migrantes; los trabajadores, que antes solían migrar de zonas rurales a los centros urbanos, ahora cruzan fronteras en busca de trabajo.

  • En los países desarrollados, muchos trabajadores de la industria del vestido –ya sean obreros en fábricas o trabajadores a domicilio– son mujeres inmigrantes provenientes de Asia o América Latina. En Los Ángeles, EE.UU., la mayoría de los obreros en fábricas textiles vienen de América Latina y, en menor grado, de Asia. En Toronto, Canadá, la mayoría de los trabajadores del vestido son mujeres inmigrantes chinas que antes del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) solían trabajar en pequeñas fábricas, pero que ahora trabajan en sus hogares.
  • En los países en desarrollo, especialmente en China, muchos obreros de la industria del vestido son mujeres migrantes de zonas rurales.

Fuerzas motoras y condiciones laborales

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La naturaleza cambiante del comercio y de la inversión mundial ha tenido un dramático impacto en el empleo en todo el mundo. Sin embargo, a pesar de la creciente atención al impacto de la globalización y de la liberalización comercial en los medios de sustento, se ha prestado poca atención al impacto de la globalización en las mujeres en el sector informal, en sus ingresos y en las condiciones en las que trabajan (Carr et al. 2000).

Condiciones motoras

Las compañías transnacionales que hoy en día dominan la industria del vestido tienen la capacidad de trasladar su capital a través de las fronteras en busca de arreglos laborales más baratos e inversiones más lucrativas. Las pequeñas empresas y los trabajadores individuales no tienen esa movilidad y tienen que competir por un trabajo cada vez más inseguro. Añada a esto la estructura moderna de producción y distribución que ha creado “la cadena de montaje mundial” (Carr et al. 2000). En la industria del vestido el poder se ha trasladado de los productores hacia los comerciantes y minoristas, y esta tendencia es más pronunciada en las cadenas de valor mundiales donde los compradores deciden qué es lo que se produce, por quién, dónde, cuándo y a qué precio (McCormick y Schmitz 2001). Si bien el traslado de la producción de prendas de vestir a países más pobres puede proveer inversión y empleo, esto es mitigado por la necesidad competitiva “de los países más pobres para ofrecer los trabajadores más baratos y las condiciones más flexibles (no reguladas)” (Delahanty 1999: 4).

En Tailandia, por ejemplo, ha habido un aumento marcado en la subcontratación y un aumento concurrente en el trabajo a domicilio en las industrias intensivas en mano de obra, como por ejemplo la industria del vestido. Esto es parte de la estrategia de las empresas líderes para reducir gastos mediante el incremento del trabajo ocasional y la tercerización (Laungaramsri 2005).

Aranceles y comercio

El sistema de cuotas internacional conocido como el Acuerdo Multifibras (AMF) reguló el comercio de los productos textiles y del vestido de 1974 hasta 2004, mediante la imposición de cuotas sobre la cantidad de prendas de vestir que los países en desarrollo podían exportar a los países desarrollados. Durante la Ronda Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por su sigla en inglés), que duró de septiembre de 1986 hasta abril de 1994, se decidió poner bajo la jurisdicción de la Organización Mundial del Comercio (OMC) al comercio de productos textiles. El Acuerdo sobre los Textiles y el Vestido (ATV) estableció el desmantelamiento gradual de las cuotas que habían existido bajo el AMF. El proceso de eliminación progresiva finalizó en enero de 2005.

El comercio en productos textiles y prendas de vestir se rige ahora por las normas y disciplinas generales incluidas en el sistema de comercio multilateral. Bajo el régimen de la OMC y del GATT sigue habiendo aranceles altos sobre muchos productos textiles y prendas de vestir. El cambio en las cuotas ha impactado las dinámicas de la industria del vestido en muchos países al añadir un nuevo elemento de volatilidad e incertidumbre en una industria de por sí muy compleja.

Producción flexible

La contratación en la industria del vestido es un caso prototípico de la llamada producción “flexible”. Los fabricantes tienen que hacer ofertas más bajas que sus competidores para obtener pedidos de los minoristas grandes, quienes están en condiciones de exigir producción a bajo costo y entrega “justo a tiempo”, y quienes, con la ayuda de la tecnología de código de barras, han adoptado una “venta minorista racionalizada” para mantener los niveles del inventario –y sus riesgos inherentes– bajos (McCormick y Schmitz 2001).

Los fabricantes, a su vez, reducen el riesgo al pasar las órdenes de trabajo a sus proveedores y contratistas solamente cuando los necesitan, y al repartir el trabajo en busca de la mejor oferta (Bonacich 2000). Los proveedores y contratistas ofrecen precios más bajos que los otros para conseguir órdenes de trabajo de los fabricantes, y subcontratan el trabajo a sus subcontratistas cuando los necesitan, y así sigue hacia abajo la cadena de la producción mundial.

Como consecuencia, el lugar del trabajo, el volumen y la duración de las órdenes de trabajo, así como la duración y las condiciones de los contratos de empleo son todos “flexibles”. Los trabajadores que producen las prendas de vestir en esta “cadena de montaje global” suelen ser reclutados bajo contratos “flexibles”: contratados en las temporadas de máxima demanda y producción, y despedidos cuando la demanda y producción disminuyen.

En 2008, WIEGO inició un proyecto junto con un importante minorista de moda rápida para analizar el impacto de las prácticas de compra en las condiciones laborales en una fábrica en Turquía. El proyecto consistió en un análisis de las prácticas de compra a lo largo de la cadena logística, de principio a fin. Encontró evidencia de que la manera de operar de la industria de la moda y del vestido conduce a malas condiciones laborales y a una informalización creciente del trabajo.

Condiciones laborales de explotación

Además de ser contratadas solamente cuando hay trabajo –como fuerza laboral contingente o periférica– las personas que confeccionan prendas de vestir normalmente trabajan en condiciones laborales de explotación. La mayoría de los trabajadores tercerizados en la industria textil y del vestido cobran a destajo (según la cantidad de artículos que producen), ganan muy poco y no reciben pago por horas extras de trabajo. A menudo no tienen derecho a licencia por enfermedad o vacaciones pagadas.

La fuerza laboral informal de la industria del vestido es predominantemente femenina, y la brecha salarial entre hombres y mujeres es aún más grande en la economía informal que en la formal, donde las mujeres ganan en promedio mucho menos que los hombres (Carr et al. 2000).

Según Laungaramsri, en Tailandia los salarios en el trabajo tercerizado son a veces inferiores al salario mínimo por día oficial. La Oficina Nacional de Estadística de Tailandia (2002) informó que casi el 41% de los trabajadores tercerizados ganaban menos que el salario mínimo oficial. Asimismo, los salarios de los trabajadores tercerizados no habían aumentado a la par de los crecientes costos de la vida. Un estudio de HomeNet Tailandia en 2002 encontró que durante la crisis a finales de la década de 1990, la cual exacerbó el deterioro en la industria del vestido en muchos países asiáticos, los salarios a destajo y los pedidos de trabajo bajaron drásticamente, y los pagos se retrasaron mientras que los gastos aumentaron. El retraso de en los pagos ocurrió mientras otros miembros del hogar experimentaban desempleo y subempleo. Muchos trabajadores tercerizados urbanos comenzaron a trabajar como vendedores informales o como jornaleros ocasionales para aumentar sus ingresos, mientras que otros dedicaron más horas al trabajo tercerizado.

En la ciudad de Ahmedabad, a finales de la década de 1990, los trabajadores subcontratados de la industria del vestido, remunerados a destajo, ganaban normalmente entre el 2 y el 5% del precio de venta de la prenda de vestir; en cambio, los propietarios y contratistas llegaban a ganar hasta el 40% del precio de la prenda de vestir (Singh y Bhattacharya 1996; OIT 1991, citado en Chen 2006). Para la mayoría de los trabajadores a domicilio esto equivalía a menos de un dólar estadounidense al día, con lo que tenían que pagar sus insumos (por ejemplo, el hilo, las agujas, el mantenimiento de la máquina de coser y la electricidad, así como gastos de viaje). Los trabajadores en fábricas indicaban que ganaban aproximadamente de dos a cuatro veces esta cantidad (Chen 2006).

Globalmente, un mercado ferozmente competitivo, donde las empresas buscan los costos laborales más bajos, ha resultado en ropa menos cara para los consumidores e ingresos más bajos para los productores (Carr et al. 2000). Para poder mantener su competitividad, las empresas de ropa tienen que ubicar sus redes de producción donde los costos sean los más bajos. Además de salarios bajos, esto puede también resultar en el cierre repentino y la pérdida de ingresos para las trabajadoras y los trabajadores si una empresa se traslada a otro lugar.

Además de tarifas bajas por trabajo a destajo, los trabajadores tercerizados a menudo no reciben sus pagos; a veces por meses. Más aún, los trabajadores tercerizados tienen que cubrir muchos de los costos de la producción, incluyendo el lugar de trabajo, el equipo y los servicios públicos. En suma, aquellos que cargan con la parte más pesada de la carga relacionada a la transferencia de riesgos y costos asociados con la producción global son las personas en el extremo inferior de la cadena de producción: las trabajadoras subcontratadas que trabajan desde su hogar. Se puede decir que no existe brecha más grande en cuanto a prosperidad y a poder de negociación que entre la trabajadora tercerizada de la industria del vestido y el propietario de la gran empresa de fabricación de ropa o el minorista para quienes ella produce.

Las trabajadoras a destajo están básicamente confinadas a sus hogares y tienen contacto limitado con el mundo exterior y poco acceso al mercado. Los propietarios o sus agentes (a veces mujeres mayores, más acomodadas; a veces hombres conocidos por la familia) las contactan para que produzcan artículos de acuerdo a ciertas especificaciones. Se suministran los diseños y materiales, mientras que las agujas y el bastidor son propiedad de la trabajadora. El agente recoge las piezas terminadas (fundas de cojín, manteles, mangas y paneles frontales de kurtas, saris y dupattas) y efectúa el pago cada mes. Las pérdidas a causa de mala calidad o por muestras rechazadas recaen en las trabajadoras. Las trabajadoras se quejan mucho de la irregularidad y los retrasos de los pagos pero no pueden protestar por miedo de que como represalia en el futuro se les podría negar trabajo. Los intentos de los trabajadores de vender sus productos directamente a las tiendas no han funcionado debido a la incapacidad para invertir en materia prima, la negativa de los comerciantes a tratar directamente con trabajadores y el hecho de que los comerciantes toman la mercancía a consigna y sus pagos pueden retrasarse aún más que los de los agentes. Entre las mujeres encuestadas en la encuesta de 1997, el 62% creía que sus agentes las pagaba mal pero expresaban impotencia para enfrentar esta situación (Bajaj 1999: 20).

Jornadas

Las jornadas de trabajo son normalmente largas, irregulares y determinadas por el mercado (Laungaramsri 2005). Las presiones debido a la variación estacional en las líneas de ropa y la necesidad de adaptación a los gustos de los consumidores (es decir, lo que se vende) han llevado a una fuerte dependencia de la producción “justo a tiempo”. Esto pone presión adicional sobre las trabajadoras de la industria del vestido, quienes a menudo tienen que trabajar jornadas largas para satisfacer la demanda

En Tailandia, una encuesta de la Oficina Nacional de Estadística en 2005 encontró que los trabajadores tercerizados en todo el país trabajaban, en promedio, 7,7 horas al día; los trabajadores de Bangkok eran los que trabajaban las jornadas más largas con un promedio de 10 horas. Durante la temporada alta, sin embargo, la jornada podría extenderse a entre 10 y 20 horas (Sudsanha et al., citado en Laungaramsri 2005). También son un problema las reducciones de trabajo que disminuyen los ingresos. En la temporada más floja, los productores de ropa pueden trabajar mucho menos horas. Por ejemplo, en la ciudad de Ahmedabad, durante la temporada baja, por lo menos el 80% de los trabajadores a domicilio trabajaron menos de 20 días por mes (Unni y Bali 2001, citado en Chen 2006).

Invisibilidad y falta de supervisión

Los análisis de las cadenas de valor globales a menudo arrojan poca luz sobre las condiciones laborales de los trabajadores de la industria textil y del vestido. Las cadenas mayores y los minoristas pueden ignorar cuántos trabajadores tercerizados están realmente involucrados en la compleción de sus pedidos, o pueden hacerse de la vista gorda ante las condiciones laborales de este segmento de su fuerza laboral (Carr et al. 2000). Asimismo, los subcontratistas que suministran a las grandes empresas con frecuencia ocultan quiénes trabajan para ellos. Al contratar a trabajadores tercerizados para el ensamblaje de las prendas de vestir, un trabajo intensivo en mano de obra, y al pagarles a destajo, estos subcontratistas mantienen sus costos salariales y los gastos generales bajos, y minimizan el riesgo de las pérdidas asociadas a la incertidumbre de los pedidos (Carr et al. 2000).

Salud y seguridad ocupacional

Los trabajadores tercerizados rara vez disponen del equipo apropiado de protección y pueden desconocer las medidas de seguridad. Los riesgos de salud en la industria del vestido incluyen lesiones por movimientos repetitivos, polvo de las piezas de ropa y, en el caso de algunos tintes, la exposición a sustancias químicas tóxicas (Laungaramsri 2005). Los familiares pueden correr el mismo riesgo de exposición.

Políticas y programas

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Hasta la fecha, pocos formuladores de políticas han abordado las posibilidades y limitaciones que enfrentan los trabajadores a domicilio en el contexto de la integración y competencia global. En gran parte, esto se debe a que estos trabajadores siguen siendo subestimados en las estadísticas oficiales y mal comprendidos en los círculos de desarrollo. Para el diseño de políticas apropiadas de apoyo a los trabajadores a domicilio que trabajan en las cadenas de valor globales, los formuladores de políticas deberían, en primer lugar, distinguir entre trabajadores por cuenta propia y trabajadores subcontratados. Los trabajadores por cuenta propia requieren de una gama de intervenciones de política para promover su conocimiento de los mercados, su capacidad para acceder a ellos y su poder de negociación en los mismos; mientras que los trabajadores subcontratados –o trabajadores tercerizados– requieren de una gama de intervenciones de política para regir y proteger sus relaciones de empleo.

Carr et al. 2000

Pocos países en el mundo han promulgado leyes que aborden el trabajo subcontratado directamente. Austria es una excepción: aquí la legislación ha regulado las condiciones de trabajo y de suministro para el trabajo tercerizado desde 1960. En 1993, varias enmiendas añadieron prestaciones como indemnización por despido, atención familiar y la paga de vacaciones (McCormick y Schmitz 2001).

Convenio No. 177 de la OIT

Un importante hito internacional en el desarrollo de políticas para todos los trabajadores a domicilio fue la aprobación en 1996 del Convenio No. 177 de la OIT que establece que todos los trabajadores tercerizados deben tener derechos laborales básicos y garantiza la aplicabilidad de las normas laborales principales y otras normas a todos los trabajadores subcontratados. La Asociación de Mujeres Autoempleadas (SEWA, por su sigla en inglés), una alianza internacional de trabajadores a domicilio (llamada HomeNet), y otros activistas sindicales cabildearon a favor de este convenio.

El Convenio No. 177 sobre el trabajo a domicilio reconoce a los trabajadores a domicilio como trabajadores con derecho a una recompensa justa por su trabajo, y establece una norma para su remuneración mínima y condiciones laborales, incluyendo la salud y seguridad ocupacional. Entre otras recomendaciones, el convenio exige mejores estadísticas sobre el trabajo a domicilio.

Con la descentralización de la producción por parte de las industrias manufactureras, el uso de cadenas de subcontratación se ha vuelto más frecuente. En Europa, donde los trabajadores tercerizados producen prendas de vestir en los países de Europa del Este y Europa Central, así como en Gran Bretaña, Francia, España, Alemania, Austria y los Países Bajos, la Comisión Europea adoptó una recomendación apelando a todos los gobiernos de la Unión Europea a ratificar el convenio en 1998 (McCormick y Schmitz 2001).

Hasta la fecha, sólo siete países han ratificado el convenio: Albania, Argentina Bosnia-Herzegovina, Bulgaria, Finlandia, Irlanda y los Países Bajos. Una vez ratificado, cada país es responsable de crear un plan nacional para hacer cumplir el convenio y de reportar los avances para su cumplimiento. Aun sin ratificar el convenio, los países pueden poner en práctica políticas nacionales o planes específicos que reflejen algunas disposiciones del convenio.

Declaración de Katmandú

En octubre de 2000, en una conferencia regional del sur de Asia organizada conjuntamente por ONU Mujeres y WIEGO, los representantes de organizaciones de trabajadores a domicilio, funcionarios de gobierno e investigadores de cinco países del sur de Asia se reunieron y redactaron la Declaración de Katmandú a favor de los derechos de los trabajadores a domicilio del sur de Asia. La Declaración de Katmandú recomendó que todos los países del sur de Asia elaboraran políticas nacionales y planes de acción para trabajadores a domicilio en consulta con organizaciones de trabajadores a domicilio. La Declaración de Katmandú también recomendó que la Asociación para la Cooperación Regional del Sur de Asia (SAARC, por su sigla en inglés) abordara los problemas de los trabajadores a domicilio en la región y adoptara medidas para permitirles hacer frente a los riesgos y aprovechar las oportunidades de la globalización.

En las Filipinas, por ejemplo, se han reconocido los derechos específicos de los trabajadores subcontratados desde 1992. Sin embargo, la existencia de leyes laborales progresistas no garantiza su cumplimiento como lo demuestra el siguiente pasaje.

Una entrevista con un director en una empresa de perfil relativamente bajo en las Filipinas que produce textiles y prendas de vestir (en diferentes divisiones) ofreció una perspectiva interesante respecto el cumplimiento de la ley.

Para reducir costos, a menudo se les exige a los trabajadores que trabajen jornadas muy largas por bajos salarios (por ejemplo, cinco choferes tienen que hacer el trabajo que normalmente requeriría diez choferes, y tienen que trabajar 12, 18 o, en ocasiones, hasta 20 horas seguidas si es necesario para llevar a cabo el trabajo). Esto también aplica a las trabajadoras jóvenes en la industria del vestido (así como a los gerentes y otros). Es posible exigir esta cantidad de horas extra porque en una situación de pobreza generalizada, y ante la escasez en el mercado laboral, hay siempre otras personas dispuestas a realizar este tipo de trabajo si alguien se negara a hacerlo.

Los trabajadores de la industria del vestido y otros empleados en estas fábricas no están sindicalizados y no reciben un salario mínimo. No gozan de prestaciones (el director dice que ganan tan poco que no quieren hacer aportaciones al plan de seguridad social). Además, para evadir las leyes laborales, las fábricas contratan a los trabajadores por cinco meses, los despiden (en realidad siguen trabajando pero los registros reflejan que fueron despedidos) y después de dos semanas los vuelven a contratar por otros cinco meses.

Lund y Nicholson 2003: 69

En Tailandia, la Ley de Protección Laboral de 1999 no reconoce la categoría “trabajador subcontratado”, pero los trabajadores tercerizados están cubiertos por el sistema de seguridad social a través de la Ley de Seguridad Social de 1990 (enmiendas de 1994 y 1999) que les otorga este derecho a los trabajadores con un contrato de pago único bajo el cual se les proporciona a los trabajadores las herramientas, el equipo o los medios de producción (Laungaramsri 2005). Bajo el acuerdo laboral, el empleador está obligado a pagar las contribuciones al Fondo de Seguridad Social y a atenerse a la Ley de Seguridad Social. Una vez miembros del fondo, los empleados pueden extender su membresía al depositar dos porciones de su contribución, un porcentaje de su salario mensual. A cambio reciben prestaciones por enfermedad, maternidad, discapacidad y muerte, y beneficios para niños dependientes y de pensión de vejez. La ley también permite a los trabajadores independientes y autónomos solicitar su ingreso al Fondo de Seguridad Social, realizar contribuciones mensuales y recibir beneficios de maternidad, discapacidad y de muerte. Los trabajadores subcontratados también están cubiertos por un seguro médico universal a través de un plan de salud pública, iniciado en 2001, que amplió la cobertura a todos los que no estuvieran protegidos por el sistema gubernamental de seguridad social (Laungaramsri 2005).

Una Encuesta sobre la Fuerza Laboral en Tailandia subrayó la discrepancia entre la ley y su cumplimiento. Encontró que menos de la mitad de todos los trabajadores en las pequeñas y medianas empresas dijeron estar protegidos por las leyes laborales, aunque todos deberían estar protegidos. En las grandes empresas casi el 100% de los trabajadores reportaron estar cubiertos, pero la evidencia sugiere que algunos trabajadores indicaron cumplimiento con leyes que en realidad no se estaban observando (Lund y Nicholson 2003).

Algunos de los minoristas de ropa adoptaron voluntariamente prácticas éticas que mejoran las condiciones de sus trabajadores. Esto puede tener un efecto positivo en el negocio también. Lea Cómo los códigos de conducta voluntarios pueden mejorar la situación de los trabajadores informales.

Organización y voz

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Los trabajadores de la industria del vestido, especialmente aquellos trabajadores a domicilio que se dedican al trabajo menos capacitado de la producción de prendas de vestir confeccionadas, tienen poco, o ningún, poder de negociación. Como están aislados unos de otros tienen solamente su propia voz. Solamente pueden negociar a través de un intermediario y no tienen ningún contacto con el contratista principal, y el intermediario quizás también tenga poco poder. Además, la falta de educación coloca a muchos trabajadores tercerizados en desventaja directa. Finalmente, en los lugares donde el trabajo tercerizado es ilegal, sus participantes son aún más vulnerables (McCormick y Schmitz 2001).

La falta de poder de negociación se agrava en zonas con altas tasas de desempleo en donde siempre se puede emplear a otra persona que necesite trabajo. Y cuando los contratos son para empresas multinacionales en lugar de empresas locales, siempre existe la amenaza de que se podría desplazar el trabajo a una fuerza laboral más dócil y rentable en otro país. La mayoría de los trabajadores de la industria del vestido no están organizados. Dadas las presiones competitivas hacia abajo en el sistema, los fabricantes prefieren que sus proveedores no estén sindicalizados. En zonas francas de exportación, las fábricas de prendas de vestir generalmente no permiten la sindicalización. Existe evidencia que sugiere que cuando estalló la crisis financiera a finales de la década de 1990, los líderes sindicales estuvieron entre los primeros en ser despedidos en la industria del vestido en el este de Asia (Delahanty 1999).

Los productores de prendas de vestir necesitan organizarse para aumentar su poder de negociación, y, a la vez, su seguridad en este comercio globalizado (Carr et al. 2000). A nivel mundial, existen ejemplos de cómo la organización está mejorando la situación de estos trabajadores. A pesar de los desafíos que presenta la organización de los trabajadores a domicilio, existe un número creciente de organizaciones, así como de redes nacionales e internacionales de tales organizaciones (llamadas HomeNets). Algunas son sindicatos, otras cooperativas, y otras son asociaciones de diferentes tipos.

India

La Asociación de Mujeres Autoempleadas (SEWA) en la India es el sindicato más antiguo y más grande de mujeres en el sector informal. En 2006, el total de miembros de SEWA ascendió a 1,3 millones mujeres en nueve estados de la India, de las cuales aproximadamente la quinta parte eran trabajadoras a domicilio. Las trabajadoras de la industria del vestido son desde hace mucho tiempo una parte importante del sindicato de SEWA. A finales de 2004, las trabajadoras a domicilio de la industria del vestido representaban el 4% de toda la membresía de SEWA, y el 23% de las trabajadoras a domicilio de su membresía. SEWA ha trabajado para organizar a las trabajadoras de la industria del vestido, centrándose en precios por pieza más altos y condiciones laborales más justas. En 1986, SEWA negoció un salario mínimo para la costura de ropa. Mediante reuniones con el Comisario de Trabajo y a través de la organización de mítines ha ayudado a las trabajadoras de la industria del vestido a exigir mejores salarios, mejores condiciones laborales, la emisión de tarjetas de identidad y protección social como cuidado de los niños y prestaciones de salud (Chen 2006). Sus esfuerzos se han dirigido principalmente a las trabajadoras tercerizadas industriales, muchas de las cuales son musulmanas. Además, SEWA ha ayudado a las trabajadoras por cuenta propia a competir mediante capacitación y préstamos por equipos mejorados que puedan ayudarles tratar de competir en el mercado local del vestido que está sujeto a cambios rápidos (Chen 2006). Esta ayuda ha incluido préstamos para mejorar las máquinas de coser, para capacitación en el National Institute of Fashion Technology (NIFT), y para la instalación de electricidad en las casas de las miembros de SEWA (Ciudades Inclusivas s.f.).

Tailandia

En Tailandia, algunas industrias a domicilio, como, por ejemplo, la producción comunitaria de artesanías, están organizadas en cooperativas registradas, una forma legal de arreglo de trabajo que tiene por objetivo ofrecer un reparto de beneficios más equitativo y contacto directo con los compradores finales (Laungaramsri 2005). A través de dichas cooperativas, los trabajadores a domicilio de la industria del vestido han aumentado su poder de negociación y mejorado su capacidad para generar y repartir utilidades. Sin embargo, el desarrollo de este tipo de arreglo laboral sigue siendo limitado.

Por más de una década, HomeNet Tailandia ha trabajado para establecer una coalición entre los sindicatos y las organizaciones de los trabajadores subcontratados con el objetivo de que las organizaciones obreras den voz a los asuntos de los trabajadores tercerizados, particularmente aquellos que se refieren a los derechos de los trabajadores temporales y/o subcontratados. El Comité de Trabajo para Solidaridad Laboral de Tailandia ha colaborado con el Subcomité sobre la Protección de los Trabajadores Temporales y la Junta de Abogados de Tailandia en su campaña a favor de derechos laborales y humanos. Esta se ha ampliada para incorporar también la protección de los trabajadores temporales y subcontratados, así como de los trabajadores migrantes (Daonoi Srikajorn, citado en Laungaramsri 2005). En una propuesta en 2003 al Ministerio del Trabajo, las organizaciones exigieron una política que reconociera estándares de seguridad y protección para los trabajadores temporales y/o subcontratados similares a aquellas que se otorgan a los trabajadores formales. No obstante, los trabajadores tercerizados en el extremo más bajo de la cadena de producción no han recibido la misma atención, y poco ha sido el interés que se ha demostrado por los trabajadores rurales (Daonoi Srikajorn, citado en Laungaramsri 2005).

En Madeira, Portugal, el Sindicato de Bordadores ha intercedido con éxito ante el gobierno portugués a favor de una gama de medidas de protección social en apoyo de los bordadores. En Durban, Sudáfrica, el Self-Employed Women’s Union [Sindicato de Trabajadoras Independientes, SEWU, por su sigla en inglés] negoció apoyo gubernamental para los trabajadores de la industria del vestido.

En Australia, el Textile, Clothing, and Footwear Union [Sindicato del Textil, Vestido y Calzado, TCFUA, por su sigla en inglés] ha organizado a los trabajadores tercerizados. Trabajando con grupos de consumidores, eclesiásticos, comunitarios y de estudiantes, el sindicato organizó una campaña de concientización pública en la década de 1990 para animar a los minoristas a firmar un código de buenas prácticas en lo que se refiere al empleo de trabajadores tercerizados. La campaña resultó estratégica para lograr un acuerdo legalmente vinculante para toda la industria, que cubría los términos y condiciones del empleo de los trabajadores tercerizados. Se estableció una unidad especial dentro del TCFUA para supervisar el trabajo tercerizado en la industria del vestido (Carr et al. 2000).

En Norteamérica, UNITE HERE representa a los trabajadores que cosen y envían ropa y otros productos textiles, así como aquellos que trabajan en centros de distribución.

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