El impacto de la recesión mundial: Historias personales de trabajadores en la economía informal

Tiempos inseguros

Pushpaben Kishorkumar Kapani, pulido de diamantes, Ahmedabad, India

Seguí el oficio de mi esposo y me dediqué al pulido de diamantes. Había recibido capacitación en el pulido de diamantes antes de dedicarme a este trabajo. Tengo 33 años y toda mi vida he vivido en Ahmedabad. He estudiado hasta la universidad.

Mi esposo y yo ganábamos bien con el pulido de diamantes. Mi esposo ganaba 3000 rupias (US$62,05) al mes y mi ingreso mensual era de 2000 rupias (US$41,37). Tenemos una hija que está en el cuarto año de primaria. La dejábamos bajo el cuidado de nuestros vecinos mientras estábamos trabajando. Podíamos atender casi todas las necesidades de nuestra hija.

Todo iba bien y entonces… de golpe, ¡la suerte cambió porque empezó la crisis financiera! De eso hace más de un año.

La crisis financiera afectó gravemente al trabajo de diamantes. Había más de 1000 fábricas de pulido de diamantes en la ciudad de Ahmedabad. La mayoría de estas fábricas cerró. Miles de personas perdieron su trabajo y sus medios de sustento. También mi esposo y yo perdimos nuestro trabajo. Nos volvimos vulnerables. La vida se volvió muy dura. Había problemas por la escasez de comida en la casa. A veces, no conseguíamos comida por dos días. Nuestra hija tuvo que salirse de la escuela porque ya no podíamos pagar la colegiatura.

Dejamos Ahmedabad y fuimos al campo y tratamos de dedicarnos a trabajos agrícolas. Pero los ingresos eran bajos y, más aún, nuestra hija no recibía suficiente atención y se malcrió. Así que volvimos a Ahmedabad. Mi esposo empezó a trabajar en una fábrica de hierro. Ganaba 100 rupias al día (US$2,07). Sin embargo, todos sus ingresos se gastaban en la renta de la casa y otros gastos domésticos. No podíamos comprar suficiente comida buena. Empecé a dedicarme a trabajos de bordado ya que tenía cierta experiencia con este tipo de trabajo. Pero aquí también, los ingresos de alrededor 12 rupias al día (US$0,25) no eran suficientes.

Por la crisis financiera muchos vivían en situaciones similares a la nuestra. Como soy la mayor en la casa de mis suegros tengo que asumir muchas responsabilidades. ¡¡Nunca hubiera pensado o esperado que pudiera encontrarme en una situación así!!

Muchas preguntas pasan por mi mente: “¿Cuándo volverán a abrir las fábricas? ¿Cuál es el futuro de mi hija? ¿Se va a poder casar?” Estos pensamientos me deprimen.

Debido al incremento de los precios no podemos comprar buena comida y ropa y no podemos pagar los tratamientos médicos. Una gran pregunta que nos preocupa es: ¿A qué trabajo nos vamos a dedicar?” No sé cuándo vaya a terminar la crisis financiera. ¡¡Está acabando con nosotros!!

Escucha mis rezos

Ashaben Vithalbhai Patni, vendedora de verduras, Ahmedabad, India

“El reloj marca las cinco, y normalmente empiezo el día rezando: Bhagwan aaje mara chokrao samu joje ane amaru kaik saru karje. (‘Oh Dios, te ruego que cuides de mis niños hoy, y que hagas algo bueno para nosotros’.)”.

Estas son las palabras de Asha-ben Vithalbhai Patni, madre de cuatro niños y vendedora de verduras, quien a los 28 años está relativamente contenta con su vida pero que se preocupa por el futuro de sus hijos. Quiere que su única hija, la mayor, obtenga una educación para que no tenga que luchar como lo tuvo que hacer ella.

Asha-ben es vendedora de verduras en Khodiyalnagar cerca de Bapunagar en la ciudad de Ahmedabad. Su familia de seis incluye a una hija, tres hijos y su esposo. Sus hijos van a una escuela municipal y ella tiene difícultad para mantenerlos en la escuela porque no tiene suficiente dinero para comprar libros y otras necesidades.

Asha-ben coloca su carretilla de verduras cerca de un sendero que llegó a atestarse con otros vendedores de verduras en la medida en que cada vez más gente perdía su trabajo y buscaba su suerte en la venta porque que no requiere capital o inversión alguna. El área donde vende verduras está rodeada por muchas fábricas pequeñas de pulido de diamantes. Los trabajadores de las fábricas de diamantes, al regresar a su casa en las tardes, normalmente le compran verduras, lo que le da un ingreso regular.

Anteriormente, su esposo solía ir a una fábrica de textiles y realizaba trabajos para ayudar a mantener a la familia. Entonces la fábrica cerró y él perdió su trabajo. Para Asha-ben la lucha en la vida empezó muy pronto, poco después de que se casara, cuando su esposo estuvo sin empleo por unos pocos meses. Durante unos pocos días, la familia sobrevivió sin comida. Antes, Asha-ben y su esposo ganaban juntos de 200 a 250 rupias al día.

Siempre al margen

Chaya Manik Sontakke, recicladora, Pune, India

Preparado por Kagad Kach Patra Kashtakari Panchayat (KKPKP), el sindicato de recicladores en Pune, India, basado en entrevistas, como parte del estudio global sobre el impacto de la crisis mundial en la fuerza laboral informal urbana.

“En los últimos 15 años atravesé la distancia entre los campos resecos donde trabajé como jornalera agrícola asalariada y los edificios de cromo y vidrio de Infosys Technologies”, dice Chaya Manik Sontakke, de 32 años, con una sonrisa tímida y ojos brillantes. Viuda desde que tenía 20 años y con tres niños pequeños que cuidar, Chaya fue introducida al reciclaje por sus cuñadas. Existían muy pocas opciones disponibles. Su esposo había sido jornalero asalariado y murió de un ataque cardíaco masivo. Ella apenas había asistido a la escuela, solamente había terminado el primer año de primaria.

Trabajaba como recicladora independiente cuando oyó hablar a sus familiares de Kagad Kach Patra Kashtakari Panchayat (KKPKP) y se afilió. “Participé en todas las actividades”, dice. “Vendí los residuos que había recolectado a Kashtachi Kamai; ahorré dinero en la cooperativa de crédito; y mandé a mis hijos a la escuela”.

Kashtachi Kamai (que significa “frutos del trabajo de uno”) es una tienda cooperativa de chatarra administrada por KKPKP. Ofrece a los recicladores recibos por las transacciones; precios justos por la chatarra; pesos correctos y una participación en las utilidades.

Cuando se presentó la oportunidad de recolectar residuos reciclables de Infosys Technologies, la empresa de tecnologías de la información más famosa en la India, hace nueve años, los ingresos diarios de Chaya crecieron rápidamente a 500 rupias. Consciente de que deberían compartirse los beneficios con sus colegas, ella desempeñó un papel importante para inducir a más recicladores al grupo, así que creció de 4 a 14, ajustándose al ritmo de expansión de la empresa. Compartían los ingresos de manera equitativa entre los miembros del grupo. Chaya se convirtió en la líder, la persona que desempeñaba el papel de pastor para mantener unido al rebaño. El grupo también proporcionó un medio de sustento al chofer de la camioneta, también un trabajador en la economía informal, que transportaba la chatarra a Kashtachi Kamai.

“La vida como recicladora nunca ha sido lujosa” dice Chaya, pero continúa que “el trabajo de Infosys cambió mi jornada laboral y aportó mucha estabilidad. Comíamos en el comedor de la empresa y teníamos un horario regular. Luego en Kashtachi Kamai, donde vendía la chatarra, recibía 10-12% de mis ingresos anuales en la distribución de las utilidades. Ahorraba de forma regular en la cooperativa de crédito y tomé un préstamo de 40 000 rupias para comprar un pequeño terreno en el cual construí una pequeña casa de dos cuartos. Mis hijos están ahora en la preparatoria porque en KKPKP insistimos en que los niños deben continuar sus estudios. Desde luego sigo perteneciendo a la clase obrera, aunque tenga algunos bienes y mi estilo de vida haya mejorado. No es que yo imprima billetes y que haya pasado a un nivel más alto en la vida”.

La vida parecía ir excepcionalmente bien para Chaya hasta hace unos pocos meses cuando pegó la recesión. “¿Qué significó la recesión para nosotros?” pregunta Chaya. “Bueno, la cantidad de chatarra disponible en Infosys decreció dramáticamente. Fui a preguntarles que pasaba, para ver si había fugas y otros tenían acceso a la chatarra para venderla. Averigüé que la empresa antes le daba a cada uno de sus empleados un periódico y que ahora lo habían reducido a solo un periódico por cuarto. Después de todo, nosotros recibimos lo que compran y botan: si compran menos, nosotros recibimos menos. Ahora, la cantidad de chatarra se ha reducido a la mitad, al igual que nuestros ingresos, y nuestros horarios de trabajo también se han reducido por un par de horas”. Continúa diciendo que “los precios de la chatarra también bajaron hace cinco o seis meses, y todos decían mandi mandi [recesión], pero no siguió así por mucho tiempo, y ahora nuevamente han permanecido estables por unos meses”.

“¿Qué cambios tuve que hacer en mi vida después de que mis ingresos se habían reducido por la mitad”?, pregunta Chaya. “Bueno, los costos no se redujeron. La camioneta cuesta lo mismo y nuestro grupo sigue teniendo el mismo tamaño, así que ganamos menos de lo que solíamos ganar y los costos de los productos básicos han subido. Comíamos carne regularmente, pero ahora comemos carne y pescado con menos frecuencia. Nuestra comida habitual son ahora cereales y verduras. Ya no soy tan generosa como solía ser en mis gastos para la educación de mis hijos. A veces tienen que molestarme por una semana hasta que les compre un cuaderno o una nueva pluma. Vikas, el mayor, tiene 17 años, está en la séptima clase y la escuela le es relativamente indiferente. Cada cuando la deja pero lo regaño para que vuelva. Las niñas tienen más interés. Mohini tiene 14 años y está en la décima clase, mientras que Rohini, de 12 años, está en la séptima clase. Me mantengo alejada del doctor porque eso sería un gasto en exceso seguro. Digamos que me las arreglo, la vida no es demasiado mala, pero he visto mejores tiempos, y quizás vengan peores. ¡Afortunadamente tengo mi propia casa!”

Ingresos disminuidos

Orlando López, tejedor de tapetes, Oaxaca, México

Orlando vive en Teotitlán del Valle, un pueblo cerca de la ciudad de Oaxaca, donde los zapotecos han tejido tapetes elegantes y coloridos por siglos, usando la misma técnica tradicional. Los tapices y tapetes luego se venden en las calles de Oaxaca, principalmente a turistas. Los tapetes están hechos totalmente a mano, desde el diseño hasta la instalación del telar, incluyendo el cardar y teñir la lana con colorantes y materiales naturales tales como la caléndula, el musgo y la cochinilla. Cada tapete es único y la producción toma hasta dos semanas. A pesar del proceso intensivo en mano de obra y su delicadeza del proceso, un tapete grande, en promedio, se vende por US$80.

Orlando López nació y fue criado en Teotitlán, y empezó a tejer y vender tapetes cuando tenía cinco años. Ya en sus 30 años, continúa manteniendo a los siete miembros de su familia con la venta de este arte. O por lo menos está tratando de hacerlo. La crisis económica y el virus H1N1 afectaron negativamente al turismo de donde proviene la clientela principal para Orlando y todos los tejedores. “Cuando comenzó la crisis, mis ingresos se redujeron hasta en un 40%, pero con el pánico de la gripe bajaron en un 80 o hasta 90%”, dijo cuando se le preguntó cómo había afectado la crisis sus ingresos. “En abril de 2009 vendí un promedio de tres a cuatro tapetes por semana. En mayo de 2009 no vendí ni un solo tapete en todo el mes”.

Orlando vive con su esposa, tres hijas, su madre y su hermano. Los adultos trabajan en promedio entre 14 y 15 horas al día, siete días a la semana. Y aunque las ventas de sus tapetes han disminuido, su carga de trabajo sigue igual; todos siguen trabajando el mismo número de horas, creando productos de aún mejor calidad para poder seguir siendo competitivos.

La actitud positiva de Orlando es inspiradora. Está agradecido de haber podido sobrevivir y aguantar las consecuencias de dos crisis catastróficas. Aun así, reconoce que las cosas no son nada fáciles: en lo que describiría como una buena semana de ventas, ganaría alrededor de US$70 después de cubrir los gastos de producción; en una mala semana, no gana nada. El futuro de su oficio y de los demás tejedores y artesanos de Oaxaca sigue inseguro.

Más horas por menos

Sabina Carlos, vendedora de mercado, Lima, Perú

Sabina es vendedora de mercado en la ampliación La Pampa del mercado de Huamantanga en Puente Piedra, un distrito densamente poblado en el extremo norte de Lima, Perú. Se encarga de la organización de su asociación local de vendedores y también pertenece a la dirección de la Federación Departamental de Vendedores Ambulantes de Lima, FEDEVAL. Vende comida criolla y jugos de fruta en un puesto rentado que carece de pavimento. Compra sus insumos en un mercado mayorista de Puente Piedra. Generalmente empieza a las seis de la mañana con su hija que estudia ciencias de la computación por las tardes y espera obtener un trabajo estable en un futuro próximo.

Antes de la crisis, Sabina trabajaba nueve horas al día; pero durante la crisis sus jornadas se extendieron a 12 horas. La crisis tuvo un impacto negativo en sus ingresos, como explica: “El año pasado ganaba hasta 20 soles al día (aproximadamente US$6,5). Hoy en día, sólo gano 10 soles”. Esto apenas le permite sobrevivir, en vista de que tiene que pagar una renta mensual de 150 soles (aproximadamente US$50) por su puesto a una empresa intermediaria que por casualidad pertenece a la madre del actual alcalde de su distrito, quien en el momento de esta entrevista no había sido denunciado.

Sabina no cuenta con prestaciones de seguridad social algunas. Para problemas menores normalmente recurre a la medicina tradicional. Si pasara algo más grave, no podría pagarlo. Cuida a los dos hijos de su hijo mayor que tiene unos 35 años y trabaja ocasionalmente como ayudante de microbús: un trabajo de jornadas largas y poca paga.

Cada mes más y más vendedores compiten con Sabina, lo cual afecta su volumen de ventas. Redujo la cantidad de productos por porción para adaptarse a la competencia de precios. También creó nuevos platos para atraer clientes nuevos y mantiene el mismo precio de venta que usó hace varios meses a fin de no perder los caseros, sus clientes más leales. En los días malos añade unas cuantas horas de trabajo en la noche, vendiendo dulces en las calles, donde los ingresos son pocos y existen riesgos de seguridad, pero ayuda.

Probando cosas nuevas

Josué Ramos, vendedor ambulante, Lima, Perú 

Josué es vendedor ambulante, afiliado a la asociación de vendedores del centro de Lima. Fue uno de los fundadores de la Federación Departamental de Vendedores Ambulantes de Lima, FEDEVAL en la década de 1980, y actualmente forma parte de su dirección. Ha soportado varias luchas con autoridades municipales y la policía a través de los años para mantener sus medios de sustento como vendedor.

Josué vende productos alimenticios naturales, principalmente papas fritas, frituras de camote y palomitas de maíz que él mismo prepara y empaca todos los días después de comprar los insumos temprano en la mañana –a las 5:30 a.m.– en el mercado mayorista local. Trabaja con su hija. Ella tiene un puesto fijo a las afueras del mercado central del centro de Lima por el cual paga 200 soles al mes.

Josué vende en las calles del Centro de Lima. Solía ganar 30 soles al día (US$10), trabajando 10 horas al día. En la actualidad, el volumen de ventas ha disminuido, y está ganando solamente 18 soles al día. La crisis económica global ha intensificado la competencia y también la persecución por parte de los servicios de seguridad municipal, ya que más vendedores recurren a la venta en las calles.

Josué ha tomado varias medidas para enfrentar la crisis económica actual. Para mejorar su producto y crear nuevas variedades, obtuvo fondos a través de su turno en el pandero (un mecanismo de ahorro rotativo en el que todos los participantes realizan una contribución mensual a un bote, y cada uno de ellos se lleva el fondo una vez, en un mes del año). También ha localizado proveedores mejores y más baratos, y está expandiendo su área de trabajo para vender en otros lugares de la ciudad, incluyendo los festivales populares que se llevan a cabo los fines de semana en diferentes distritos. No ha aumentado el precio unitario por paquete pero ha reducido la cantidad de comida en los paquetes.

Su hija, quien sabe algo de computadoras y de la red, le creó una dirección de correo electrónico mediante la cual él ofrece algunos productos, y le creará un blog para comercializar sus productos, en la búsqueda de nuevos clientes. Él también quiere aprender más sobre la tecnología de la información para ampliar sus oportunidades.

Aunque los volúmenes que vende son pequeños, está orgulloso de sus propias recetas y sabe que sus clientes lo buscan por la calidad y el sabor de sus productos.

Segura en tiempos de inseguridad

Mangal, recicladora, Pune, India

Preparado por Kagad Kach Patra Kashtakari Panchayat (KKPKP), el sindicato de recicladores en Pune, India, basado en entrevistas, como parte del estudio global sobre el impacto de la crisis mundial en la fuerza laboral informal urbana.

Jagannath masculla en un delirio de embriaguez cuando Mangal le dice que deje de dar lata. No siempre ha sido así… ha habido unos cuantos años de tregua cuando dejó de beber a iniciativa de su esposa Mangal y KKPKP. De hecho, se dirigiría a los demás esposos alcohólicos, con el pecho inflado por la sensación de su propia importancia, para contar sobre su recuperación del abuso del alcohol. Ahora está acostado al lado de su hijo embriagado, y Mangal, aunque parezca extraño, se ha vuelto más fuerte porque después de tanto esperar, tratar, alentar y engatusar se ha dado cuenta de que la única persona en la que puede depender es ella misma.

El hijo malcriado se las daba de artista, y francamente sí pintaba bien, pero ahora juega a las escondidillas con la sobriedad. No quiere pensar en esos años que complacía sus caprichos: primero un reproductor de DVD y después una moto. Sus dos hijas nunca tuvieron esa clase de exigencias. Sabía que lo estaba malcriando, ignoraba los consejos bien intencionados de los vecinos, de otros recicladores y de los trabajadores de KKPKP. Él la provocaba diciendo: “No te pedí nacer, tú me trajiste a este mundo, así que ahora tienes que atender a mis necesidades”, y ella sucumbía.

Si hay algo que Mangel sabe con certeza es que son sus ingresos de los residuos y de la chatarra que mantienen a su familia. Desempeñó un papel clave en la creación del sindicato que le permitió encontrarse como persona. Salió de las sombras de vivir con un esposo abusivo para convertirse en una de las líderes más respetadas del KKPKP y la tesorera de la cooperativa de crédito. Recuerda que solía orinarse de miedo cuando su esposo se le acercaba, y ahora piensa que quizás el haga lo mismo cuando él la ve a ella dirigirse a miles de miembros del KKPKP en una manifestación pública.

Ya no necesita al KKPKP para encargarse de él. De hecho, ayuda a otras mujeres que han sufrido abusos en la comunidad. Si bien participan activamente en los programas del KKPKP, a sus hijos nunca les gustaron mucho los estudios, pese a los mejores esfuerzos de ella. Sumamente consciente de sus derechos, argumenta que reduce los costos del manejo de residuos de la corporación municipal de Pune, y ésta, a cambio, le paga su prima del seguro médico. Tomó un préstamo de la cooperativa de crédito para construir una casa con un entrepiso.

¿La recesión? Mangal cree que no se ha visto realmente afectada por la crisis. En cualquier caso, la recaudación de tarifas de los usuarios de la recolección de residuos puerta en puerta le deja mucho más que la venta de chatarra. Así que, de alguna manera, se ha “formalizado” como proveedor de servicios. No hay diferencia en la cantidad de chatarra que recibe porque atiende a una localidad de clase media donde el consumo se ha mantenido relativamente estable a lo largo de los años. Dice que su vecino que atiende una zona donde viven profesionales jóvenes de la tecnología de la información registró una caída en el volumen de chatarra. El comerciante de chatarra tampoco ha reducido los precios a sabiendas de que no sería nada grato si ella decidiera movilizar a sus colegas en su contra. Ella negocia con firmeza, exigiendo la mejor oferta posible de él para sus colegas.

Pero con la inflación no se puede regatear, y ello causa apuros, haciendo la vida difícil.